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Nos obcecamos en buscar la aguja en un pajar, cuando los juegos nos enseñan otro camino no sólo igual de eficaz, sino menos exigente y más divertido: empezar por descartar.

 

La mayoría de los mecanismos cognitivos que aplicamos de adultos los hemos aprendido jugando. Sin ir más lejos, la educación infantil deposita su metodología de enseñanza en herramientas que los niños puedan entender: la canción, pequeñas poesías, el dibujo, creaciones escénicas... 

 

Cuando jugamos a los barquitos, entiendo que a todos nos motive dar en el clavo en las primeras coordenadas, pero somos conscientes de que las probabilidades son las menos, sobre todo si es el primer intento.  A pesar de ello, no nos venimos abajo porque sabemos que, antes o después, acabaremos dando con el preciado buque.

Sin embargo, cuando mejor uso de la razón podemos hacer, pretendemos acertar a la primera a ciegas y encima contamos con un único cartucho de paciencia. No hemos aprendido nada.

 

Por suerte, alguien puso en el bingo a su niño grande, dando una segunda oportunidad a quien quisiera entender que el buque le espera, siempre que lo siga intentando.

El descarte es otro tipo de elección

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